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PRÓLOGO

Su nombre no importaba. Todo lo necesario a saber de él, es que vivió como uno más. Nada destacable. Algo inevitable es no saber lo que está ocurriendo en la vida de la persona de al lado. Aunque se crea que se sabe todo, posiblemente esa persona está pasando por algo que desconozcas. Por ello, me gustaría comenzar el relato de la vida de este señor. Un humano. Como todos. Uno más.

 

CAPITULO I

Nació del vientre de su madre al cabo de nueve meses de gestación, lo normal. En el hospital madrileño 'La Paz' famoso por su gran extensión y atentos cuidados. Pese a ser uno de los más grandes, sus atenciones no disminuían. Conocido con buena fama, nacen una media de 16 niños al día, algo asombroso. También podría alardear de sus cuarenta y muchas especialidades disponibles o de sus 7000 miembros del equipo médico. Si ibas a dar a luz en Madrid, posiblemente acabaras en ese hospital público. Nuestro protagonista fue uno más. Sus padres cuidaron de él con cariño y cuando debían ir a trabajar, lo dejaban al cargo de una niñera extranjera de asombrosa ternura que le trataba como a su hijo. Y ella estuvo a su cargo hasta que sus padres consideraron necesario. Vivían en un barrio de la capital de los que se puede pasear de día sin miedo a un atraco con demostración de navaja incluida pero no un barrio en el que las señoras se saludan paseando a sus perros enanos mientras protestan de la mala manicura de la tarde anterior. Creció sano aunque de vez en cuando caía y se hacía heridas. Tuvo una infancia feliz.

El primer año que fue a la escuela podría considerarlo un desastre. Habiendo sido trabajador, adoraba la tarea que le daban para casa, pero las maestras no estaban contentas con él. El no relacionarse tanto como hacían el resto de menores les mantuvo preocupados. Esto se acabó cuando hizo su primer amigo. Un niño de lo más normal, con el que jugaba siempre que tenía oportunidad y su compañero en las aventuras, también llamadas travesuras, que harían enloquecer a los alumnos con los que compartían aula. No recuerda mucho de esa época, pero sabe que lo pasó bastante bien. Cuando les tocó comenzar primaria, su mejor amigo se marchó del país, volviendo a Cuba, su lugar de nacimiento. Esos seis años de formación le cambiaron bastante. No se relacionaba mucho y nunca trató de encajar con el resto. Leía mucho más de lo normal en un niño a su edad y se encerraba en su cuarto para buscar tranquilidad que su casa cada vez menos le ofrecía. Sus padres discutían cada vez más y él sabía lo que pasaría pronto.

A punto de comenzar la educación secundaria obligatoria, sus padres se separaron y la custodia la ganó el padre, algo raro. Aunque quizá no tanto si se tenían en cuenta la eterna lista de amantes con los que la mujer pasaba el tiempo o las bolsitas de polvos, que él suponía que eran tiza, que su madre esnifaba. Tampoco se cuestionaría la elección del juez si se supiera que solo los mantenía su padre mientras su madre se daba a la buena vida, algo que contradecía el acuerdo matrimonial que tenían. Él, demasiado inocente para comprender que pasaba, no paraba de preguntarle a su padre cuando volvería a ver a su madre ni tampoco por qué se marchó en primer lugar. Su padre solo callaba y le decía que les iría bien, juntos, sin ella. Su secundaría era pública, pero no podía quejarse.

En primero le costó adaptarse. La gente había cambiado. Eran más mayores y con ganas de comerse el mundo. Después del primer boletín de notas, se dieron cuenta de que el mundo no se lo pondría tan fácil. Al fin y al cabo, nadie quiere ser comido, y menos por unos mocosos. Él, en cambio, aguantó bien el golpe de la temible ESO, todo gracias a sus tardes estudiando. Quién diría lo difícil que podía resultar un curso que se decía tan rápido. No fue un alumno destacable, pero tampoco se encontraba entre los mediocres. Era de esos que pasaban desapercibidos incluso para el profesor. Tuvo tres o cuatro amigos con los que compartía la pasión por jugar a videojuegos. Ellos le enseñaron el mundo del anime y pronto llegó a considerarse friki. Teniendo todas estas aficiones que ocupaban gran parte de su tiempo, junto con estudiar, fue dejando de lado la lectura. Su fiel compañera en todo este tiempo. Ya no le dedicaba tanto tiempo como antes. Este primer año pasó rápido, con amigos que le distraían de los problemas que podía llegar a tener.

En segundo, se volvió todo más difícil. Las matemáticas arrasaron con más de la mitad de la clase y él, pese a esforzarse al máximo, las pasó por los pelos. Ese año su padre empezó a salir con una mujer que no le acababa de convencer. Por ello, cuando se mudaron a su casa, según ella más espaciosa, tuvo que cambiarse de instituto. La casa estaba en un pueblo a las afueras del norte de Madrid. La casa que la mujer defendía con pecho y espada no le pareció para tanto. Era normal. Más grande, cierto. Pero solo por una habitación.

En tercero de la ESO se enfrentó a tener nuevo compañeros y por tanto nuevos amigos. El primer mes fue un infierno. No se hablaba con nadie excepto con una chica de la otra clase que tampoco tenía con quien juntarse. Su primer amigo en este centro vino cuando unos chicos de su clase hablaban de un videojuego que acababa de salir, discutiendo sobre la cámara y movilidad del personaje. Nuestro protagonista intervino dándole la razón a uno, haciendo que todos se giraran a mirarle y le asaltaran con preguntas sobre su opinión en temas variados. Después de esto, lo sentaron al lado de uno de los chicos que discutían antes, decidiendo que ese sería su sitio durante el resto del curso. Hizo muchos amigos. La gente de allí no era como en su antiguo instituto. Se hacían amigos muy fácilmente y también se olvidaban con alarmante facilidad. Él, que no se soltaba tan rápidamente como el resto, le costó hacer amigos y cuando alguno de ellos se marchaba, pasaba una mala época encerrado preguntándose qué había salido mal. Culpándose de que la gente se marchara a su alrededor. Ese año no le fue tan difícil como los anteriores. Consiguió llevar el ritmo que los profesores marcaban y esto le permitió aumentar su media, por la cual todo el mundo comenzaba a estresarse prematuramente.

Cuando llegó a cuarto se dio cuenta de la obsesión que la nota causaba en la gente. Era imposible hablar con cualquiera ya que siempre acababan hablando de exámenes y de que si les llegaría la nota para hacer cierta carrera o que si su media era demasiado baja como para andar diciendo que todo iría bien en la siguiente prueba. Pese a esto, uno de sus amigos, más concretamente su mejor amigo, le introdujo en un grupo de gente del mismo centro. Solo hablaban por el móvil y no se conocían en persona la mayoría. Esa gente, pese a ser de diferentes cursos, compartían aficiones y opiniones a cerca de muchos temas. Cuando estas no coincidían, eran capaces de discutir cuál era mejor durante toda la madrugada, hasta que uno de los mayores les mandaba a dormir con riesgo de echarles del grupo si seguían. Conocerles le produjo un gran desarrollo en cuanto a valorarse más a sí mismo, a hacer amigos y darse cuenta de que no se iban por su culpa. Pronto llegó el último trimestre, más rápido de lo deseado y por primera vez se encontraron todos en persona, juntos para ir a una exposición de un tema en común. Ese día, del que actualmente recuerda poco, es uno de los que más cariño le produce recordar. El último día del curso, para su suerte o su desgracia, conoció a una chica que iba a su clase. Sí, la conoció, porque saber el nombre de alguien no es conocerla. En el bus, de vuelta a su casa, hablaron y se dieron cuenta de que compartían gustos en cuanto a música, algo completamente nuevo para él, al que acusaban de escuchar música para viejos. Y a partir de ese año, ese extraño año de cuarto de la ESO, comenzó a vivir de verdad.